Relatos del CICIMAR

Migrantes

Migrantes

Era muy difícil vivir enfermo del corazón. Sobre todo, si te tienen que meter por una chimenea de los baños públicos para limpiar el hollín. El trabajo era muy bien pagado, morir en el intento era casi seguro.

Fue más fácil y más divertido bolear zapatos en la entrada de la casa con el precioso portón trabajado a mano por el dueño, el avaro Alberto, que era un ebanista de primera, de los que ya no existen.

Por supuesto, el tío Juan aprendió el oficio y también hizo trabajos increíbles. Juan tenía un ropero en el que había labrado un caballero azteca y el águila de las monedas mexicanas. Él enseñó al hijo de su “hermana”, desde muy niño, a copiar dibujos a partir de un cuadriculado hecho sobre la foto y sobre la tabla donde sería pintado. Le hizo al pequeño una “tarjeta de Navidad” pintada sobre una tabla, de las que le sobraban en la carpintería, con unos muñecos de nieve deslizándose por una cuesta en un trineo, que el niño atesoró toda su vida.

Por increíble que parezca, el tío Juan fue cuidado por Lolita, la mamá del niño, desde que Juan era todavía un bebé, mecido por ella en una cuna improvisada, una jaba de madera, como las que había en los mercados, amarrada de las esquinas en la oscura habitación, para evitar que las ratas atacaran al pequeño, donde los dejaban solos sus madres, Victoria y Pita, para irse a trabajar al hotel Bola de Oro, una de galopina en el restaurant, o sea lavando los trastes, y la otra lavando la ropa de cama a mano.

Victoria era muy desconfiada, lo fue toda vida, así que Lolita se quedaba amarrada de una pata de la mesa con la misión de cuidar y darle de comer Juan que en ese entonces todavía era un bebé. Alguien fue “contratado” por Victoria para pasarles comida por debajo de la puerta a los niños.

Poco antes habían sido recogidas de la calle por la persona más buena que ha existido, la viejita Felipita de la que sólo se supo que murió de 105 años y que vivía con su hija Florentina, bastante mayor que Victoria y Pita, adusta y muy seria, que aceptaba con gusto la labor filantrópica de su mamá, a pesar de la pobreza en que vivían. El olor de Florentina era muy peculiar, los niños supieron después que es característico de las personas que cocinan con leña.

Contaba Victoria que al nacer Lolita, después de que se le habían muerto dos de sus cuatro hijas y de las que sólo lo sobreviviría Carmen, la mayor de todas, qué cuando el médico le dijo “Victoria sus várices están muy mal, ya no puedes tener hijos”, al regresar a casa la decisión estaba tomada y cuando pudo le dijo a su esposo “Manuel, ya no puedo tener hijos, te dejo a Carmen y me voy a México con Lola”. Todo esto ocurrió en Tepic, Nayarit, de dónde eran oriundos.

Cuando Victoria llegó con su pequeña, no conocía a nadie y tuvo que dormir en el quicio de los negocios, que eran un buen refugio para pasar las frías noches de la Ciudad de México. Ahí fue donde se encontró con Pita y con su bebé, quien sería conocido muchos años después como el tío Juan, haciendo lo mismo. Desde entonces nunca se separaron a pesar de que no se llevaban bien, eran absolutamente incompatibles de carácter.

Lo mismo hicieron los niños que toda su vida se vieron como hermanos. Cuando las vio Felipita y las llevó a su casa, todos los descendientes que conocieron esta historia les tuvieron un profundo agradecimiento, a ella y a Florentina, que les duró hasta el fin de sus días. Ahora que se ven tantos migrantes alrededor surge el impulso de ayudar, con los consabidos riesgos de exponerse a algún maleante, aunque hay un modo muy seguro para hacerlo, instalarse en los parques públicos de las colonias con ollas de comida, con las sillas y mesas que se usan para ir a la playa, para que esa gente, y sobre todo sus niños, por lo menos coman algo mientras los adultos consiguen trabajo.

Las experiencias cotidianas son reveladoras. Como la de la señora que se acercó a la reja de una casa con una niña. Se veía que era su abuela, pidió ayuda y le contestó el hombre que estaba dentro, en el jardín, entrenando a un perrito, “no tengo dinero, pero tengo, comida”. La señora contestó con determinación “se lo voy a agradecer”. Después que él entró a su casa a buscar comida, que traía en una bolsa, la niña, como de cuatro años, que venía comiéndose un yogur, al ver una de las peras con las que entrenaba el señor al Chunique, se abalanzó sobre ella, se la quitó y la mordió con desesperación, sin cuidar las formas. La señora se fue con la comida que le dieron quién sabe a dónde.

Poco después pasó otra señora, pulcra, joven y guapa, con características costeñas, pelo rizado y morena, con tres jovencitas perfectamente arregladas. Cuando pasan cerca de la misma reja, dice la señora sin voltear “Hola Chunique”, la mayor de las niñas secunda a su mamá y le dice al hombre “Jau“, que fue contestado con un natural “hola”. Se veían bien, de seguro el padre ya había encontrado trabajo.

El hombre reflexionó que nadie viaja tan lejos para delinquir. Se acordó de los haitianos que están poniendo la muestra en Tijuana, que ya hasta son buscados por las empresas por lo bien que trabajan y por los idiomas que hablan, francés, español y algunos hasta inglés. Se acordó de la abuela Victoria y de la nana Pita. No las concebía mugrosas y hambrientas tiradas en la calle con sus pequeños y que nadie les hubiera ayudado. En ese momento se dio cuenta que ellas fueron los primeros migrantes que conoció.

Dr. Víctor M. Gómez Muñoz

1o. de diciembre de 2022 La Paz, Baja California Sur